La pantalla y yo: la ciudad legible y la dependencia tecnológica.

Kevin Lynch y la imagen de la Ciudad cobra más relevancia que nunca, ante la dependencia tecnológica.

Aislinn María Córdoba Fernández.

10/5/20264 min read

Esto es un defecto mío. No tengo buen sentido de la dirección. Nunca he podido memorizar el nombre de alguna calle, ni hablemos del número de cualquier edificio. Moverme incluso dentro de la misma ciudad donde vivo se me hace complicado, por un simple hecho concreto: tengo mala memoria.

La llegada de herramientas como Google Maps o Waze para mi fueron un alivio. Una especie de protección. A sabiendas que inevitablemente mi memoria iba a llevar a que me perdiera intentando llegar a un lugar que no conozco, preferí adoptarlas y utilizarlas para llegar a cualquier lado.

No eran perfectas, por supuesto: a veces (todo el tiempo) Google Maps tiene la manía de llevarte por el camino más sinuoso, menos pavimentado, sin banqueta y que más te hace dar vueltas para llegar a una tiendita que se encuentra a la vuelta de la esquina; y cuando vas caminando, tienes que caminar mínimo cinco minutos para averiguar si estas yendo en la dirección correcta. Y a veces la flechita que te deja ver tu ubicación no se mueve de lugar, aunque ya hayas recorrido un buen tramo.

Es frustrante, pero lo seguía usando. Porque todos esos detallitos eran soportables hasta cierto punto. Y más importante aún, no me había perdido. No veía razón dejarlo.

Hasta que sucedió. Me perdí.

Mientras me movía de un punto a otro a la hora de la comida, seguí la rutina que sigo al trasladarme en partes de la ciudad que no conozco: Sacar el teléfono, poner la dirección, y caminar. Solo que ese día, me confié en que había cargado el teléfono mientras había estado trabajando, y en mi prisa no se me ocurrió revisar.

Comencé la trayectoria hacía la tiendita, me puse los audífonos para la voz con navegación, abrí la aplicación de Maps para revisar que estuviera yendo por el camino correcto, y listo. Muy tranquila yo, disfrutando de mi caminata, sin deberla ni temerla porque tenía todo para llegar a mi destino (además en una zona con mucho tránsito). Siguiendo instrucciones era sumamente sencillo, sin muchas complicaciones. Estaría de regreso, según los cálculos de Maps, en quince minutos.

A mitad del camino se murió el teléfono. Adiós voz guía, adiós pantalla. Era yo, en una calle relativamente segura, pero de la cuál no sabía el nombre, o a cuantas calles estaba de mi espacio de trabajo. No ubicaba ningún edificio reconocido que me sirviera de referencia (como un museo o un restaurante), y siendo zona en su mayoría residencial, no había lugar donde sentarme a cargar el teléfono. Y había tomado algunos atajos que recomendó la aplicación para ahorrarme tiempo, así que no podía seguir una línea concreta y bien definida de mi camino para regresarme. Si no hubiera sido porque me encontraba relativamente cerca de mi punto de origen, no habría sabido como regresar.

Darme cuenta, en ese momento, que era sumamente dependiente de la tecnología, me cayó como balde de agua fría. Sin el teléfono, me sentía vulnerable, y sin el conocimiento para ubicarme, empecé a desesperarme. Era temprano, era de día, había personas cerca, y aun así, no me había molestado en revisar en que calle se encontraba la tiendita, o el de las calles aledañas que me guiaran lo suficiente para ubicarme y no dar tumbos a la hora de regresar.

Lo que me ayudó a ubicarme fueron dos cosas:

El edificio donde se encuentra el local tiene una placa con el número y la calle, que la gente que hace vida ahí por supuesto que ubica, ya que es de suficiente tamaño para verse a la distancia. Me atreví a preguntarle a una persona que iba pasando, si ubicaba por donde se encontraba mi edificio. De milagro, me dijo que si.

Y aunque había estado verificando mi localización mientras caminaba, si me había percatado de ciertos detalles en las fachadas y en las avenidas, que sin saber por donde caminar no aportaban mucho, pero con una dirección clara se vulven puntos de referencia.

Una fachada cubierta de buganvilias en la esquina. Una luminaria que tiene varios carteles de conciertos pegados en su poste. Una casa con portón rosa. Y una calle que se hace más ancha cuando se intersecta con la otra. De regreso a la oficina y sin tecnología, podía leer e interpretar estos elementos. Podía recordarlos. No tenía que memorizarme necesariamente el nombre de cada calle para reconocer que me estaba acercando al punto de partida.

El autor y urbanista Kevin Lynch resaltó en los primeros capítulos de su libro Imagen de la Ciudad en la la importancia de la legibilidad del entorno urbano. Que sea fácilmente reconocible para cualquier ser humano. El decía que una ciudad que es legible es una ciudad exitosa, porque ayuda a las personas no solo a ubicarse, si no a identificarse.

Pero esta situación me planteó un factor con el que Lynch no contaba: Aunque tuviéramos hitos fácilmente reconocibles, o estuviéramos rodeados de fachadas de colores, diversas y con letreros de diferentes tamaños, no sabríamos ubicarnos. Porque no sabemos nombres, ni números, ni distancias, ni sabemos como ubicar el Norte o el Sur, o si quiera a leer mapas físicos. Con esta anécdota, me di cuenta de que, además de que ahora las ciudades se alejan de lo legible, porque se van homogeneizando, la dependencia a la tecnología nos está haciendo olvidar como leerlas. Nos convertimos en una especie de analfabeta.

Sería más sencillo que Google Maps las leyera por nosotros.

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